Una aclaración personal: lo que aquí comparto nace de una mirada clínica y social, pero también de una experiencia vital prolongada. Viví 30 años en Argentina y llevo 37 años en España. Esta doble pertenencia me ha permitido observar, sentir y pensar los climas emocionales de ambos países no solo desde la teoría, sino desde dentro del campo.
Este texto forma parte de una reflexión más amplia sobre los mecanismos de defensa, un tema que vengo explorando y transmitiendo desde hace años tanto en la práctica clínica como en la formación de terapeutas. Mi enfoque integra el Psicoanálisis clásico y relacional, con la sensibilidad fenomenológica y corporal de la Gestalt. Trabajo cada defensa no como un concepto estático, sino como una interrupción viva del contacto, cargada de historia, cuerpo, campo y sentido.
Hablar de “lo cultural” siempre entraña el riesgo de generalizar. Cada persona encarna a su manera las formas de su cultura, y no todos reproducimos sus estilos relacionales con igual intensidad. Lo que propongo aquí no son etiquetas ni juicios, sino observaciones clínicas y fenomenológicas sobre ciertas tendencias relacionales que se repiten con frecuencia. Veámos esto.
No sólo las personas defendemos nuestra frontera de contacto: también las culturas trazan formas aprendidas del no tocarnos demasiado por dentro. Vale decir, algunas defensas no son sólo intrapsíquicas, sino que se sostienen socialmente. La cultura misma suele organizarse, sin saberlo, de manera defensiva frente al dolor, la vulnerabilidad o el deseo.
España: la elegancia del desvío
En el campo español —especialmente urbano y profesional— encontramos una forma sutil y compartida de deflexión, una defensa entendida aquí como el arte de desviar el contacto pleno cuando lo emocional se vuelve demasiado próximo. Se recurre al humor, se privilegia el ingenio, se evita la intensidad emocional directa. Se habla mucho, pero cuesta habitar el cuerpo de lo que se dice. La intimidad emocional puede vivirse como algo incómodo, excesivo o disruptivo. No se trata de frialdad, sino de una elegancia aprendida para protegerse del desborde.
Esta forma de estar juntos favorece el trato respetuoso y la convivencia social, pero también limita el espacio para lo vulnerable. Es más fácil ironizar que pedir, comentar que mostrarse, analizar que sentir. Incluso en contextos de cercanía familiar o amistad, muchas veces lo emocional se desliza en el habla pero no se habita. Se cuida la forma, pero a veces se diluye el fondo. No hay falta de afecto, sino dificultad para sostenerlo desnudo, sin rodeos.
Argentina: el campo de la intensidad expresiva
En el campo argentino urbano, por su parte, la emoción se vive y se muestra con naturalidad. Se llora, se discute, se habla desde el afecto. Hay lugar para el reclamo, la exaltación y la palabra encendida. Esta expresividad no es forzada: responde a una cultura vitalista y pasional, donde sentir intensamente es señal de presencia y verdad.
Ahora bien, esa misma intensidad emocional, cuando no encuentra canales de elaboración interna, puede convertirse —sin proponérselo— en un modo de defensa: se dramatiza más de lo que se digiere, se muestra más de lo que se entrega. La emoción se expresa, sí, pero sin haber sido metabolizada; no se transforma en contacto. Aquí lo que opera no es tanto una proyección clásica, sino una proflexión: una forma de actuar sobre el otro una necesidad propia aún no reconocida ni formulada con claridad. Se lanza el sentir hacia afuera esperando una respuesta inmediata —comprensión, sintonía, afecto— sin haber diferenciado con nitidez lo que se necesita ni haber creado un espacio relacional apto para recibirlo. Se espera que el otro «entienda», que responda afectivamente, incluso sin haber sido convocado de manera explícita. Esto genera un campo vibrante pero exigente, donde la emocionalidad ocupa la escena sin que necesariamente se produzca un encuentro. Hay mucha expresión, pero poca digestión. Y el contacto —ese que transforma— queda interrumpido por la prisa de ser acogido sin haber llegado del todo a sí.
Una vivencia entre dos campos
Cuando emigré de Argentina a España, llegué con el cuerpo habituado a una intensidad afectiva compartida. Esperaba miradas que se mojaran, palabras que se adelantaran a lo que sentía, gestos grandes, charlas hondas en voz alta. Pero aquí me encontré con otra música: más contenida, con silencios que pesan más que las palabras aunque rodeados a menudo de ruido externo. Al principio no lo viví como frialdad, sino como falta de profundidad, y sí, a veces, como desinterés. Luego entendí que era otra forma de cuidar. Aprendí a no esperar la efusividad, sino a leer la sutileza; a no sobreinterpretar ni el silencio ni el ruido, sino a habitar lo que hay. Me llevó años modular mi manera de estar sin dejar de ser quien soy, pero afinando el tono para no desentonar. Entre estos dos campos he aprendido a traducir, a esperar distinto, a recibir lo que se da sin exigir lo que no puede darse aún. Y a construir de otro modo la intimidad.