Cuando la infidelidad rompe el relato del amor
Atiendo con frecuencia a personas que llegan a consulta en estado de profundo desconcierto. El relato suele comenzar con una frase que intenta ser clara, pero que arrastra una carga emocional difícil de sostener: “Me fue infiel”. Lo que sigue, sin embargo, no es solo una historia de traición, sino un proceso íntimo de desmoronamiento interno.
La infidelidad no hiere solo al vínculo. Derrumba certezas, confunde el sentido de lo vivido y amenaza la propia identidad. Para quien la sufre, no se trata únicamente de lo que su pareja hizo con otro u otra, sino de lo que eso despierta dentro de sí: desvalorización, rabia, vergüenza, miedo, tristeza… emociones que a menudo se contradicen y se alternan sin dar tregua.
Muchos pacientes llegan a preguntarse si hicieron algo para merecerlo, si hubo señales que no supieron ver, o si algo en ellos no fue suficiente. En esa búsqueda de explicaciones, es frecuente que también aparezca el impulso de saberlo todo: cómo fue, cuándo, qué sintió el otro. Pero más allá de lo concreto, lo que verdaderamente duele es lo simbólico: el quiebre de una imagen compartida, el derrumbe de una confianza básica.
Desde lo clínico, el trabajo no consiste en buscar culpables, sino en ayudar a nombrar la herida, sin acelerar el perdón ni dictar salidas. Lo importante es habilitar un espacio donde esa persona pueda reorganizar su mundo interno y recuperar su lugar como sujeto deseante, con voz propia, incluso cuando el amor ha sido puesto a prueba.
Cada infidelidad cuenta algo distinto, y cada quien la atraviesa desde sus propios vínculos previos, sus modos de amar y de temer. Algunas personas descubren, con el tiempo, que el dolor fue también una puerta. Otras necesitan simplemente reconstruirse con tiempo y cuidado. En todos los casos, acompañar ese recorrido sin apresurarlo es parte del gesto terapéutico.
Susana Veilati