Cuando el paciente difícil nos mueve por dentro

paciente difícil

Trabajar con ciertos pacientes implica sumergirse en un espacio de enorme complejidad, donde el vínculo terapéutico se transforma en una experiencia exigente, impredecible y emocionalmente intensa. La ayuda ofrecida no siempre es recibida como tal: a veces es interpretada como una amenaza o una forma de control. 

Una relación que sacude

A veces, no solo rechazan o desconfían del sostén que les brindamos, sino que además nos enfrentan con lo más frágil de nosotros mismos, y sentimos que cada paso dado se vuelve en contra, que los logros desaparecen tan rápido como emergen. En lugar de una narrativa continua, hay interrupciones, retrocesos, vacíos. En esos momentos, la creatividad es más útil que cualquier técnica. No se trata tanto de aplicar intervenciones como de inventar modos de estar, de leer lo que no se dice, de soportar silencios, rechazos y ataques sin retirarse ni responder con rigidez. Pero esto no se logra sin consecuencias: el terapeuta atraviesa momentos de confusión, agotamiento, desánimo, e incluso duda de su propia capacidad.

Sostener la esperanza, sostenerse

En este terreno tan arduo, es fundamental sostener una mirada que descubra, incluso en el caos, señales de vida. La tarea es ayudar al paciente a reconectar con sus propias necesidades: afecto, cuidado, protección. Sin esa reconexión, no hay posibilidad de que lo ofrecido tenga valor. Esto exige también que el terapeuta cuente con espacios de sostén: lectura, diálogo con colegas, supervisión y trabajo personal que le permitan metabolizar lo vivido. “Esta exigencia emocional del trabajo clínico, especialmente con pacientes difíciles de alcanzar, está ampliamente reconocida en la práctica terapéutica contemporánea (ver artículo)”. Sin embargo, más allá de todos estos apoyos, hay un elemento clave: la capacidad de ver en cada paciente un núcleo vital, por mínimo que sea, desde donde construir sentido. Esa fe, que no es ingenua sino profundamente ética, es la que mantiene viva la tarea. Acompañar a estos pacientes no es solo una experiencia transformadora para ellos; también lo es para el terapeuta. Porque atravesar este vínculo nos obliga a crecer, a revisar nuestras propias grietas, y a ampliar nuestra capacidad de estar con otro, incluso cuando ese otro parece no querer —o no poder— recibirnos. 

Susana Veilati