Poemas


 

El Fantasma 

Una historia real

 En el 2003 conviví con un fantasma.

Solos, él y yo

en un palacete afrancesado

en el centro de San José de Costa Rica.

7 noches.

Se llamaba Fran.

Sus restos mortales yacían enterrados en el jardín

bajo una fragante y tóxica Brugmansia suaveolans, 

un floripondio.

 

Los vecinos me recomendaron que, para evitar problemas

(preferí no preguntar cuáles), 

mantuviera encendido el equipo de música por las noches, 

con fondo clásico, preferentemente. 

Fran, eso decían, fue un melómano en vida. 

Seguí el consejo.

 

Yo dormía en el segundo piso,

y aunque cada noche ponía en marcha la n.º 5 en re menor de Shostakóvich, 

amanecía con la sinfonía n.º 8 de Mahler,

concretamente el primer movimiento.

 

A la altura de la cuarta mañana, 

quedó claro que Fran tenía sus preferencias.

Inexplicablemente, 

día tras día a las 5:45 h en punto, 

y sin intervención humana alguna, 

cesaban los metales del Allegretto en La menor

de la espasmódica sinfonía rusa 

y un coro de ángeles mahleriano entonaba

el «Veni, Veni Creator Spiritus».

Justo antes de mi Gallo Pinto con café y el batido de Papaya.


 

Maricoco Sugar

Un alter ego

A Maricoco Sugar le gusta recibir dos besos: 

después de comer patatas fritas,

de preparar curry de garbanzos con mango y piñones de Pakistán,

y mientras conversa sobre sexo y lo pirado que anda el mundo.

 

Maricoco Sugar tiene, digamos,

preferencias muy femeninas: 

pensar, hablar, besar… y más tarde se verá. En ese orden. 

Le gusta la conversación salivada 

y decir sus ocurrencias entre besos voluptuosos. 

A Maricoco le aburren los encuentros previsibles 

y los finales felices del cine triple equis.

 

Maricoco adora un cuaderno electrónico de notas

 que compró en su último viaje a Tokio. 

Ama los libros de Suzuki, el jazz de Japón,

y escribe sus poemas mientras suena el piano

 del Kinichi Shimazu Trio en The Summer Knows. 

“Sugar”, como a ella le gusta que la llamen, es una intelectual. 

 

Sugar ama al hacer el amor. 

De esto toma notas en su cuaderno electrónico japonés. 

Escribe sobre el tiempo después del tiempo, 

la atención en la piel y el corazón, 

y el éxtasis de la lentitud… Se burla, discretamente, 

de los deseos urgentes y los impulsos irresistibles.  

A Maricoco la absorben los incidentes más sutiles de los cuerpos. 

 

Maricoco Sugar conoce el inigualable poder de las mezclas y las dosis:

de los aromas de aceites que desde la nariz embadurnan el alma y la entrepierna, 

de la secreta epifanía de las esencias de Orquídeas aéreas, 

y la estremecedora suavidad de los bálsamos de leche de coco en los labios. 

Maricoco sabe que el deseo se cocina en capas invisibles.

 

Maricoco es una mujer afortunada,

encuentra en los taxis

bolsas olvidadas entre prisas y descuidos imperdonables. 

Conserva el contenido de la última: 

el pintalabios “KissKiss Gold and Diamonds”, de Guerlain. 

Lo guarda en el pequeño altar de su sala, 

justo entre una primera edición de “El segundo sexo” 

y el aún secreto manuscrito de su próximo éxito de ventas: 

“Sexy writtings. Crónicas verdes para mi príncipe azul”. 


 

Chul Han

Poema de su prosa

Un día me desharé de mi reloj

y ejercitaré el llegar tarde. 

Y cuando el otro se haya ido

me sentaré a esperar. 

Y sucederán las cosas por sí mismas, sin mi intervención,

y eso me hará feliz.   

 


 

Esteroides anabólicos

 Cuando por primera vez vi tu foto 

se me cortó eso que suelo hacer de modo permanente e involuntario:

la respiración. 

Hacías la plancha frontal sobre una toalla 

que llevaba pintada en mayúsculas letra Helvética negra: 

NUTRITIENDA. EXPERTOS EN NUTRICIÓN.  

Habías editado con luz violeta tu cuerpo extendido boca abajo, 

y lo apoyabas sobre tus antebrazos y la puntas de tus deportivas amarillas. 

                     La luz marcaba tu redondo mayor y tu esbelto deltoides

enervados por el esfuerzo. 

                     

Pero fue tu bíceps y acóneo derecho

los que me decidieron a imprimir tu foto

a tamaño real sobre una bolsa de tela de algodón resistente al agua, 

rellenarla de poliestireno expandido

y usar tu espalda de colchón en las siestas de los domingos, 

justo a partir de hoy.  

     


 

Requiem para mi nevera

 En 1876 Chárles Tellier construyó la máquina frigorífica

a circulación de gas amoníaco, 

la madre de la tatarabuela de mi “Corberó TODOCLIMA”. 

(Adoro la historia de las cosas cotidianas y extraordinarias) 

No imaginó el pobre de Tellier mis tomates y berenjenas ecológicas

en perfecto estado por más de 30 días. 

Los dientes de ajo en la tenue bolsita de red azul. 

El inevitable moho de los garbanzos BIO en el frasco de cristal

abierto dos meses atrás. 

La Teriyaki esperando mejor suerte junto a las cebolletas y el jengibre. 

La mantequilla rancia y la recién comprada. 

Las 5 variedades de mermelada:

higo, albaricoque, fresas, naranja con ciruela verde, y mango y maracuyá. ⠀⠀⠀⠀

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En su obra titulada:

“Historia de una invención moderna: el frigorífico” (París, 1910) 

Tellier confiesa su preocupación por los veranos calurosos en la Normandía, 

los mismos que pintara Monet en sus jardines en Giverny. 

Sí, el interior de mi nevera tiene un aspecto impresionista: 

el puntillismo del miso de arroz, 

la saturación del rojo de la sandía, el contraste cromático de los limones 

y el manojo de cilantro en el cajón inferior 

rajado por el uso a lo largo de dos decenios.

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Mi frigo cumple 21 años el próximo agosto.  

El estante inferior del congelador no ha sufrido aún deshielos preocupantes. 

-Conserva restos de un divorcio, catorce amantes,

un cambio de religión y dos de partido político,

trocitos de perejil y partículas de cúrcuma de Bangladesh

que guardé el 5 de abril del 2002.- 

Es memorioso. 

No olvida. Congela.  Mi pentanieta de Tellier sufre, como Funes, de memoria

detallada y prodigiosa.

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Y no duerme, suena a tormenta sobre el mar, lejana y con efecto rever,

día y noche. 

Es mi orquesta estable, 

mi lista de música invariable, 

y la banda sonora de mis verduras.


 

Psicoterapia Breve de un Yokai

Poema en prosa

Ayer tuve una primera consulta con un extraño animal que no hablaba. Estoy acostumbrada a lo diferente, así es que sus espantosas formas no me produjeron más que curiosidad. A pesar de su aspecto, lo sentí inofensivo. 

Inmediatamente después de percibir su inocencia, me invadió un sueño irresistible. En otra ocasión, con otro paciente, hubiera luchado contra el deseo de dormir; sin embargo, con éste supe, y no me preguntéis cómo, que abandonarme al más profundo de los cansancios era su deseo. 

Apenas cerré mis ojos, y sin pausa alguna, comencé a soñar con él. Se lo veía en los huesos, esmirriado. Sus ojos inmensos me dejaron ver su terror profundo. Me preocupó su delgadez. 

Muy educadamente me dijo su nombre. Se sentía cansado y enfermo porque no dormía como hasta un mes atrás. Horribles imágenes de monstruos, fantasmas, guerras, pestes, muertos vivientes y persecusiones inacabables poblaban sus días y noches. 

Lo vi tan desesperado, hundido y acabado, que una intensa y desconocida compasión arrebató mi corazón y mi gesto. 

Me acerqué y toqué su piel verde, áspera, gelatinosa y maloliente.

Me asombró no experimentar náusea alguna. 

Acaricié sus garras, su lomo y entorné sus ojos. 

Y sentí, no sé si decirlo, el mismo amor que por el más exquisito amante. 

Entonces, sucedió algo realmente extraño: 

me miró por primera vez, 

le brillaron los ojos y desapareció. 

Y desperté.

Y sentí alegría.

 

Para Lola Nieto Hotaru, poeta y filóloga, de quien aprendí que la compasión es uno de los elementos fundacionales de la poesía japonesa.


 

Alucinando

Cuando te veo se me entibian el esternón, los isquiones y las crestas ilíacas. 

Y siento tu pulso en mis huesos y en los tuyos. 

Esto me sucede a un metro de distancia de ti. 

Como una vibración que me entra por el ombligo y sale por todas partes.

 

No más verte, veo banderas blancas y azules con dos soles pistacho, 

justo en el ángulo superior derecho del paño de gros de seda.  

Están izadas y subidas a un pabellón de madera de ceibo 

y camalotes que flotan sobre el río Paraná. 

 

Es bien raro todo esto. 

Nada tiene tu forma sino más bien tu irradiación. 

(Tengo que reducir las proporciones de Belladona y Datura innoxia en la granola de mi desayuno). 


 

EVA

Llueve. 

Rápido, coge los tomates que despintan. ¿Te imaginas?

No tropieces con las berzas. Detente y mira estas,

aquí, sobre mi hombro izquierdo. Recién cortadas. 

Ah! Una última cosa: 

trae el paraguas para las fresas y el sombrero para mí. 

No, espera. 

¡Ven y bésame! 

Abrázame entre las coles.    

Muerde la manzana. 

 

Para un Abejorro

Ayer por la tarde encontré un abejorro azul en la sala. 

Languidecía. 

Puse junto a él unas gotas de agua con azúcar. 

No bebió. 

Acerqué un pañuelo de papel a su lado. 

Subió amablemente. 

Lo situé en la terraza, a la sombra. Buscó lentamente el sol. 

Un minuto, dos, tres… Se repuso y salió volando. 

Torpemente primero. 

Gloriosamente después.