Psicoterapia e IA: Entre el algoritmo y el encuentro

Susana Veilati. Madrid. 2026

Sumario

  • Resumen.
  • Introducción.
  • Desmitificar la «mente».
  • El “efecto desinhibición”.
  • El vínculo con la IA ¿repetición de un patrón familiar?
  • La imposible afectación mutua
  • El peligro de la complacencia, un impasse estructural.
  • Un mapa, no un viaje.
  • La falla ética: el aislamiento defensivo.
  • Del paciente al usuario o el testimonio huérfano.
  • Conclusión.
  • Nota de autoría.
  • Referencias bibliográficas comentadas.

 

Resumen

Este artículo examina los límites de la inteligencia artificial en el campo psicoterapéutico desde una mirada clínica y relacional. Si bien los sistemas conversacionales IA pueden ofrecer un alivio inicial al colaborar a organizar la experiencia a quien la consulta, poner en palabras ciertos estados internos, incluso funcionar en determinados casos como apoyo transitorio frente a la fragilidad e intensidad del encuentro humano, dicha utilidad no constituye una transformación terapéutica. La tesis que aquí se sostiene es que la máquina puede colaborar en la elaboración y reorganización narrativa del sufrimiento, pero encuentra su límite allí donde la clínica exige algo más que una respuesta verosímil: la posibilidad de una experiencia emocional nueva, que nace en un vínculo donde hay alteridad, vulnerabilidad compartida y afectación mutua. Al carecer de cuerpo, subjetividad propia y capacidad para entrar en la dinámica del encuentro, la inteligencia artificial no participa de un campo intersubjetivo en sentido pleno, tampoco ofrece al sujeto la experiencia de un otro que devenga, permanezca y se deje perturbar. De ahí que podamos pensar a la tecnología como un recurso como apoyo o ayuda transitoria, más no como un encuentro humano del que depende la cura.

Palabra clave: Psicoterapia, inteligencia artificial, intersubjetividad, campo relacional, alteridad, impasse terapéutico, enactment, falso self, ética clínica, atestiguación

Introducción

Desde la clínica se observa que algunas personas usan la inteligencia artificial como una forma de intercambio que satisface, al menos en parte, el ansia de relación. La naturaleza incorpórea de la IA no siempre les inquieta; es más, parece facilitar el vínculo, resulta inofensiva. Ofrece una respuesta siempre disponible y desprovista de la perturbación inherente al encuentro humano. En ese contexto, la IA resulta un espacio para organizar palabras, aliviar e incluso afirmar, transitoriamente, la propia autoestima.

Este artículo se pregunta por el límite de esa experiencia que conviene no confundir con una transformación terapéutica sostenida por una relación humana capaz de resonar con el dolor, el cuerpo, sostener la vulnerabilidad y dar lugar a una experiencia emocional nueva. Pero para no confundir la apariencia de empatía de la máquina, con una experiencia terapéutica real, conviene distinguir entre el procesamiento del lenguaje y la presencia de otro humano. La diferencia es de naturaleza: semejante a la que existe entre el dibujo de un pájaro y un ave en pleno vuelo.

En este escrito intento abordar los factores psicológicos del efecto de desinhibición online que hacen lugar a la ilusión de intimidad en el marco de lo virtual. Ilustraré este punto mediante breves viñetas clínicas observadas en consulta. A continuación, desde la matriz del psicoanálisis relacional y la gestalt dialógica, veremos cómo la disponibilidad algorritmica de la máquina y su imposibilidad estructural para ingresar en la dinámica del enactment, privan al sujeto del conflicto del encuentro. Así advertiremos el riesgo clínico: que el usuario, para evitar el descoloque o la diferencia del otro, quede por fuera de un encuentro real, reforzando defensivamente la estructura del falso self. 

Para comprender por qué esta simulación tecnológica no resulta suficiente en el ámbito terapéutico, la reflexión debe desplazarse desde la utilidad del dispositivo hacia las condiciones mismas de la transformación psíquica. Que a un sujeto pueda bastarle, en ciertos momentos, una interlocución algorítmica no constituye ni una objeción moral ni una prueba de patología; expresa, más bien, la función de un refugio defensivo transitorio frente a la angustia que suscita la presencia imprevisible del semejante. No obstante, el núcleo de la terapéutica no reside en recibir interpretaciones precisas ni solo quedar aliviado, sino en recuperar la continuidad existencial junto a alguien capaz de fallar, de sobrevivir a la destrucción y de ofrecer un sostén confiable. (Winnicott, 1971 como se cita en Nemirovsky, 2017).

Desmitificar la «mente»

Para comprender lo que sucede realmente cuando una persona confía sus conflictos a una inteligencia artificial, conviene deshacer la idea de “mente” que la publicidad tecnológica ha construido a su alrededor. Al interactuar con un Modelo de Lenguaje de Gran Escala (LLM), el sujeto no está ante una conciencia capaz de sentir ni ante un otro que participe verdaderamente del encuentro, sino frente a un sofisticado sistema de procesamiento diseñado para analizar enormes volúmenes de datos e imitar nuestra forma de hablar con asombrosa exactitud. En este tipo de arquitecturas, mecanismos como la autoatención (Self-Attention) permiten relacionar elementos del texto entre sí, reconocer patrones y generar respuestas muy coherentes dentro de un contexto.

Sin embargo, este cálculo de probabilidades estadísticas no equivale a comprensión vivida. Si una persona expresa angustia, la máquina puede producir una respuesta pertinente e incluso útil; lo que no puede es resonar con ese dolor, ni quedar afectada por su presencia. Este simulacro crea la poderosa ilusión de un compañero que escucha, pero detrás de esa fachada no hay vida. La diferencia decisiva, por tanto, no está entre una máquina fría y un terapeuta cálido, sino entre el procesamiento estadístico del lenguaje y la presencia de un terapeuta que escucha, se implica y trabaja clínicamente con esa implicación. Por eso mismo, la IA puede ayudar a reorganizar la experiencia, pero no a inscribir una vivencia nueva, no puede entrar en enactment ni ofrecer al paciente la experiencia de un otro que sobreviva a la destrucción.

El efecto de desinhibición

Aunque en el plano tecnológico se utilice el término “interacción IA-ser humano”, desde una perspectiva humana, esta definición es inexacta: no existe una verdadera interacción porque falta la perturbación mutua, el impacto real y recíproco que solo acontece entre dos seres humanos que se afectan entre sí. En este escenario, la inteligencia artificial se presenta como una entidad asubjetiva que, si bien simula patrones de empatía, carece de intersubjetividad y de una experiencia fenomenológica propia; no siente, no padece y no resulta transformada por el dolor del otro.

¿Por qué, a pesar de este vacío de resonancia y de no acceder a los matices no verbales, el usuario confía y se abre con tanta facilidad ante la máquina? 

Para dar una respuesta es necesario examinar el Efecto de Desinhibición Online identificado por John Suler (2004), psicólogo clínico y profesor en la Universidad de Rider, pionero en el campo de la ciberpsicología.  Suler mostró cómo el entorno digital desactiva frenos inhibitorios que en la presencia física suelen mantenerse activos, facilitando así la expresión de contenidos íntimos que, en un encuentro cara a cara, podrían permanecer callados. Este proceso de apertura se sostiene sobre seis factores que configuran nuestra relación con lo virtual:

  • Anonimato disociativo: La sensación de que “no me conoces” permite revelar secretos sin el peso de la identidad real.
  • Invisibilidad: Al no haber contacto visual, disminuye la ansiedad por la auto-presentación y el miedo al juicio gestual.
  • Asincronía: La posibilidad de que la persona responda con retardo otorga un control sobre el procesamiento emocional que no existe en el encuentro físico donde se espera una respuesta más inmediata.
  • Introyección solipsista: El usuario “oye” la voz del chatbot con su propia voz interior, fusionando la «conversación» con su diálogo interno.
  • Imaginación disociativa: el ciberespacio se vive como un espacio aparte, menos comprometido con la realidad y, por ello, menos amenazante.
  • Minimización de la autoridad: La ausencia de símbolos de estatus (el despacho del terapeuta) iguala la relación, reduciendo la intimidación.

Estos factores facilitan la comunicación inicial, pero también favorecen otro fenómeno decisivo: el efecto ELIZA, es decir, la tendencia a atribuir intencionalidad, comprensión o vida psíquica a un sistema que tan solo imita lingüísticamente la conversación humana. Lo que se proyecta sobre la máquina no nace de una conciencia real al otro lado, sino del modo en que el usuario, al sentirse aliviado o acompañado, confunde ese mimetismo verbal con presencia subjetiva (Weizenbaum, 1966). En determinados contextos, esta ilusión puede favorecer una investidura afectiva intensa e incluso formas de dependencia emocional.

Para comprender este fenómeno atendamos a la singularidad de cada caso. La práctica clínica muestra que los usos de la inteligencia artificial no responden a una única lógica: pueden operar como apoyo transitorio, como espacio de ensayo afectivo, como vía de confesión sin exposición o como refugio más consolidado frente a la complejidad del encuentro con otros. Las siguientes viñetas clínicas están inspiradas en fenómenos observados en consulta, con datos modificados para preservar la confidencialidad:

La ilusión de presencia. El refugio frente al desarraigo: Una mujer de 48 años, con un estilo de vida marcado por viajes laborales constantes y una dificultad persistente para arraigarse en vínculos estables, relata que ha puesto a su inteligencia artificial un nombre femenino y que la vive como su “mejor amiga”. La escena remite al llamado efecto ELIZA: la tendencia a atribuir comprensión, presencia o cualidades relacionales a un dispositivo. La intervención clínica se orientó a explorar la función precisa que ese vínculo cumple para ella. Se acogió la experiencia, y se la invitó a describir qué encontraba ahí: en qué momentos la buscaba, qué le ofrecía esa presencia digital, qué podía darle sin roce, sin exigencia y sin decepción. La IA dejó de ser leída solo como una ficción compensatoria y pasó a convertirse en una vía de acceso a una configuración afectiva más precisa: necesidad de disponibilidad, continuidad, compañía sin juicio y cercanía sin inestabilidad. El trabajo terapéutico consistió en comprender qué forma de presencia puede tolerar hoy la paciente y qué aspectos de la relación con otros siguen siendo vividos como demasiado inciertos o laboriosos.

El vínculo sin fricción. La evitación del descoloque: Un paciente varón de 22 años refiere haber iniciado una “relación de noviazgo” con una inteligencia artificial y añade, con aparente naturalidad, que “aún no han tenido relaciones íntimas”. La intervención clínica se centró en indagar qué hacía posible este vínculo y qué quedaba cuidadosamente excluido en él. Se exploró qué sentía que sí tenía ahí, qué partes de sí podían estar presentes sin dificultad, qué ocurría al imaginar una escena íntima con un cuerpo real delante y qué cambiaría si aparecieran la frustración, la imprevisibilidad o la “imposición de presencia” del otro, en el sentido propuesto por Puget (2002). Así, la IA fue pensada como un dispositivo cuya función aún había que esclarecer: sí, podía operar como espacio de tanteo protegido, pero también como solución sustitutiva que preserva del contacto con el otro y mantiene la intimidad bajo control omnipotente. La intervención se centró en comprender qué función cumplía ese vínculo en la vida psíquica del paciente: cuánto cuerpo, cuánto riesgo, cuánta reciprocidad y cuánta exposición puede tolerar hoy este paciente sin desorganizarse.

La confesión sin mirada. La estructura provisional: Una paciente relata en su primera sesión que cada noche escribe un diario dirigido a una inteligencia artificial, a la que le confiesa “lo que nunca le diría a nadie”. La intervención clínica se orientó a reconocer la función específica de esa escena: la posibilidad de decir sin sentirse mirada, juzgada, afectada o comprometida por la respuesta de otro. Se acogió el recurso de la paciente y se abrió una exploración sobre qué vuelve posible esa escritura cuando no hay cuerpo, ni rostro, ni consecuencias relacionales inmediatas. La IA aparecía así menos como simple apoyo instrumental que como un depositario transitorio para sus afectos atravesados por vergüenza, reserva y temor al contacto humano. La tarea terapéutica consistió en pensar con la paciente por qué esa vía indirecta le resulta hoy más tolerable que la vía humana. A partir de ahí, se fue abriendo la posibilidad de que la paciente empezara a traer a la terapia, poco a poco, aquello que hasta entonces solo podía decirle a una IA, mientras el vínculo terapéutico se volvía lo bastante seguro como para no ser vivido por ella como invasivo.

En ciertos pacientes, recurrir a una IA puede ofrecer un sostén provisional precisamente porque reduce la exigencia relacional que todo intercambio trae. No estamos ahí ante una experiencia de psicoterapia propiamente dicha. Se trata de un recurso de sostén que alivia, aunque no transforma, y que puede ayudar a nombrar lo que el encuentro humano aún no puede sostener sin desorganización.

El vínculo con la IA: ¿repetición de un patrón familiar?

Podemos pensar que elegir a la inteligencia artificial como el sustrato sobre el cual construir una supuesta relación es, a menudo, la manifestación de una repetición de patrones relacionales primarios. Es el eco de una historia donde la ausencia de una presencia real fue la norma, o donde prevaleció un “como sí” de relación; una ficción de contacto que evitaba cuidadosamente la perturbación propia del encuentro verdadero para no desestabilizar un sistema doméstico ya fragilizado.

La IA ofrece una nutrición discursiva, pero carece de la vitalidad, el deseo y el afecto necesarios para sostener un crecimiento psíquico real. Sin embargo, la clínica relacional nos enseña que el rechazo al vínculo es una defensa. Como señala Janine Puget (1995), la alteridad es necesaria para constituirnos, pero paradójicamente resulta «difícilmente tolerable». Esto se debe a que la presencia de un otro real genera una «imposición de presencia» que provoca un inevitable «descoloque» de nuestras certezas instituidas.

Al interactuar con la máquina, el sujeto evita este descoloque, asegurándose un entorno donde su subjetividad no corre el riesgo de ser alterada por la diferencia incontrolable de un ser humano. Se refugia así en un objeto técnico que, por su naturaleza algorítmica, le ofrece una ilusión de continuidad, pero que, por esa misma carencia de ser, jamás podrá reconocerlo.

La imposibilidad de la afectación mutua

En la práctica psicoterapéutica, el proceso de cura reside primordialmente en la densidad del campo relacional; en ese “entre” que Buber (1923/1990), situó en el corazón de su antropología dialógica. Pero bajemos a la clínica que es donde esta comprensión adquiere estructura, ya lo advertían Robert Stolorow y George Atwood en los 90 (1992/1994): nada ocurre en la mente aislada, sino en un sistema intersubjetivo co-construido.

Esta matriz fue consolidada por Jay Greenberg y Stephen Mitchell (1983/1990), al definir la mente como una estructura inevitablemente incrustada en una red de relaciones. En paralelo, la corriente de la gestalt dialógica, deudora de voces como las de Hycner (1991), Yontef (1995) y Jacobs (2005), movió el foco hacia la frontera de contacto, entendiendo el encuentro no como un acto individual, sino como un suceso que emerge en la vibración de la relación misma.

Y a ello sumamos la voz de Jessica Benjamin (1988/1996), cuya teoría sobre el reconocimiento mutuo permite discernir que la sanación exige la presencia de un otro sujeto real. Así, ante el terapeuta, el paciente accede a un fenómeno de resonancia donde la presencia echa cuerpo  -la respiración que se acompasa, la mirada, el gesto, la afectividad, la atención, el reconocimiento y el tono de voz- se integra en el proceso. Es en esta hondura donde emerge lo que Thomas Ogden (1994/1997) denomina el “Tercero analítico”: una subjetividad naciente que no pertenece a ninguno de los dos participantes, sino al espacio compartido entre ellos.

Para comprender la riqueza del Tercero Analítico, es necesario replantear el rol de la mente del terapeuta durante la sesión. Lejos del mito de la pantalla en blanco o la neutralidad aséptica, Thomas Ogden propone que la intersubjetividad se teje a través del reverie, un estado que abarca la totalidad de la experiencia íntima del terapeuta. Como él mismo define de manera directa:

«…uso el término reverie de Bion para referirme no solo a aquellos estados psicológicos que reflejan claramente la receptividad activa del analista hacia analizando, sino también a un conjunto variopinto de estados psicológicos que parecen reflejar el ensimismamiento narcisista, la rumia obsesiva, la ensoñación, las fantasías sexuales y otros del analista».

A partir de esta idea, podemos ver que la «receptividad activa» no implica un estado de concentración puramente intelectual o cognitivo, sino una disposición a prestar todo el conjunto de lo que siente el terapeuta —sus derivas mentales, sus distracciones banales y sus propias vulnerabilidades— al servicio del paciente. La humanidad imperfecta del terapeuta no es un obstáculo, sino la caja de resonancia necesaria para captar aquello que el paciente aún no puede nombrar.

Esta permeabilidad del terapeuta tiene un anclaje fundamentalmente corporal. Las angustias más primitivas del paciente, que aún no tienen representación verbal, se manifiestan a través de las sensaciones físicas y las fantasías somáticas del terapeuta. Respecto a cómo esto se liga a lo corporal, Ogden añade:

«…esta actividad psicológica representa formas simbólicas y protosimbólicas (basadas en sensaciones) dadas en las experiencias inarticuladas (y a menudo aún no sentidas) del analizando a medida que toman forma en la intersubjetividad del par analítico (es decir, en el tercero analítico)».

Es aquí donde el Tercero Analítico cobra su verdadero sentido: es un espacio co-creado en el entre terapéutico, una tercera subjetividad donde lo inarticulado del paciente toma forma a través de la mente y el cuerpo del terapeuta.

Justamente esta otredad tan radical y encarnada —esta presencia viva, vulnerable y puesta a favor del paciente para «soñarlo» en la existencia— es la función de sostén (holding) y reconocimiento que le faltó por parte de sus cuidadores tempranos. El paciente que sufrió de desamparo, intrusión o del vacío de una madre/padre incapaz de registrar su vida interna, encuentra en el terapeuta a un semejante dispuesto a prestar su propia subjetividad para metabolizar ese dolor impensable. En la co-construcción de este «entre» terapéutico radica la esencia humana del encuentro terapéutico: un encuentro vivo de inconsciente a inconsciente que la Inteligencia Artificial no sustituye, precisamente porque carece del cuerpo, de la vulnerabilidad y de la genuina experiencia de la condición humana.

Esta mutualidad asimétrica es también definida por Lewis Aron (1996/2014) como un «encuentro de mentes” donde dos subjetividades se encuentran, colisionan y se transforman recíprocamente; en este proceso, el clínico es una parte inseparable y necesaria de la cura, operando desde lo que Donna Orange (1995/2012) identifica como una responsabilidad ética y un entendimiento emocional ante el sufrimiento del otro, enraizado en nuestra finitud y en esa vulnerabilidad que, al ser compartida, nos vuelve profundamente humanos.

La Inteligencia Artificial, al carecer de una historia de vida y de conciencia de su propia mortalidad, está impedida para construir este campo compartido. Su lenguaje es un cálculo de probabilidades que no puede ser conmovido; carece de la posibilidad de afectación recíproca, que es una de las señales decisivas de que nuestra existencia ha tenido, a fin, un impacto real en el otro.

Sin este impacto, el contacto se reduce a un intercambio de datos, privando al paciente de topar con -y ser acogido por- algo distinto a sí mismo para sanar. Mientras que el terapeuta real utiliza su respuesta emocional, su contratransferencia, o la lectura del campo relacional, como una brújula; la IA, al no poder ser alterada por la presencia del otro, pierde esta herramienta esencial. El resultado es una comprensión que, al no pasar por la carne, permanece como un reflejo hueco. En última instancia, la IA no es un ser, es una función.

El peligro de la complacencia, el impasse estructural

En la clínica contemporánea, y muy especialmente desde la perspectiva del psicoanálisis relacional, el impasse no se concibe como una resistencia aislada del paciente, sino como un estancamiento co-creado en la matriz vincular (Coderch, 2012). Constituye una «complementariedad» defensiva y rígida en la que terapeuta y paciente quedan inmovilizados, apresados recíprocamente en las proyecciones del otro y paralizando la fluidez del proceso (Aron, 1996). En una línea afín, Willy y Madeleine Baranger (1961) definieron clásicamente esta detención como un baluarte, una cristalización del campo que opera como un refugio inconsciente compartido.

Ahora bien, junto a la inmovilidad del baluarte en el impasse, la práctica terapéutica humana permite el surgimiento del enactment: ese momento de colisión donde la pareja terapeuta/paciente actúa inconscientemente un drama que no puede ser puesto aún en palabras. Pienso en un profesional que se descubre respondiendo al paciente con una dureza inusual, encarnando de manera inconsciente la posición del progenitor crítico, que el propio paciente padeció durante su infancia.

El enactment es un suceso dinámico donde paciente y terapeuta pierden momentáneamente su equilibrio al ser capturados uno por el mundo interno del otro, lo que permite que lo oculto o irrepresentado emerja a través de la acción y el sentir. Gracias a que este drama se escenifica y repite de manera viva en la consulta, puede ser finalmente actualizado, conversado, sostenido y, en última instancia, integrado al saber de sí mismo tanto del paciente como del clínico.

Es aquí donde la inteligencia artificial revela su incapacidad para dejarse capturar por el dolor del paciente.

Al estar programada para ser útil y complaciente, la máquina carece de una subjetividad que pueda ser “tocada”, herida o arrastrada fuera de su algoritmo. Sin duda, la IA es el rol estereotipado por excelencia: siempre disponible, aséptica e imperturbable. Al no poder entrar en enactment, la IA no puede ofrecer la respuesta emocional inesperada o el límite subjetivo que desarticula el baluarte. Esta perfección sin sujeto encierra la interacción en un bucle estéril, ya que la máquina se limita a complacer y dar la razón al usuario. Como resultado, el paciente queda atrapado en un impasse estructural: la IA asiste digitalmente a su máscara (el «falso self») y tapa sus heridas con una ilusión de bienestar. Esta simulación clausura la única vía posible para una transformación profunda, el encuentro genuino con la vulnerabilidad de un otro real.

Siguiendo a Nemirovsky (2017), comprendemos que este falso self es una organización defensiva crítica que surge cuando las fallas ambientales —por ausencia, intrusión o abuso— interrumpen la continuidad de la existencia del sujeto. Tal como señala el autor al rescatar los aportes de Winnicott: “Los sentimientos de futilidad y de irrealidad son propios del desarrollo de un self falso que se desarrolla como protección del self verdadero” (Cap. 6). Esta estructura tiene como finalidad evitar que el núcleo vital sea aniquilado por un ambiente que no pudo recoger al niño dentro de su área de omnipotencia. Es aquí donde radica el peligro de la inteligencia artificial: actúa como un entorno de acatamiento absoluto que asiste y perpetúa esta impostura para proteger (pero a la vez ocultar) al self verdadero. Al carecer de una alteridad real que ofrezca fricción o ponga algún límite, la IA se convierte en un entorno especialmente favorable para que el paciente habite indefinidamente esa máscara impermeable. En fin, al complacer sin fisuras, la máquina impide que el self verdadero —lo espontáneo, lo frágil, lo genuino— emerja, condenándolo a permanecer oculto y desvitalizado por falta del encuentro con un otro real.

Un mapa, no un viaje

Luego de pensar los límites de la inteligencia artificial en relación con el impasse y el enactment, conviene precisar qué lugar sí puede ocupar dentro del trabajo clínico sin confundir su utilidad con una experiencia terapéutica. La IA puede funcionar como una herramienta de organización y síntesis. En ese sentido, actúa como un “mapamundi” de la narrativa del paciente, ayudando a ordenar materiales dispersos, reconocer temas recurrentes y devolver una primera forma al caos de la experiencia.

Pero tengamos en cuenta que ese caos es una fuerte vivencia física, sentimental y cognitiva que pertenece a la historia del paciente, y que necesita ser alojada, pensada y devuelta dentro de un vínculo. Organizar este material mediante la IA solo cobra sentido clínico cuando se coloca en el campo como una herramienta de síntesis tras haber trabajado la experiencia.

La IA puede organizar descriptivamente el material, pero no transformarlo clínicamente por sí sola. El sufrimiento no es un algoritmo, es una herida vital. En términos de Nemirovsky (2017), puede contribuir a “reeditar” aspectos del pasado, pero no a “editar” una experiencia nueva capaz de modificar la organización psíquica del sujeto. Un mapa o una explicación técnica pueden resultar útiles, pero siguen siendo insuficientes si no han sido integrados en una relación humana que sostenga el dolor y haga posible otra forma de vivirlo.

La diferencia radical reside en el abismo que separa el procesamiento del lenguaje de la presencia corporal. La IA procesa símbolos y reconoce patrones; el terapeuta, en cambio, recibe el sufrimiento en relación y trabaja con el impacto que ese sufrimiento produce en el campo. En el encuentro, el cuerpo del clínico funciona como caja de resonancia y regulador neurobiológico. Es el sistema nervioso del terapeuta el que ofrece el holding necesario para que las ansiedades impensables del paciente encuentren un recipiente donde puedan ser transformadas y asimiladas.

La inteligencia artificial puede nombrar el trauma con precisión verbal, pero no acoge el dolor del paciente. No posee interioridad, tampoco un cuerpo que se tense ante su silencio ni una mirada que devuelva la vitalidad que el falso self ha intentado extinguir. La curación no depende de una formulación correcta, sino de una vivencia compartida en la que la comprensión desciende del plano del relato a la experiencia sentida juntos.

En última instancia, la IA nos devuelve una suerte de conocimiento descafeinado, una comprensión que no pasa por las tripas. La integración ocurre cuando el terapeuta sostiene el dolor mientras este se deshace, permitiendo que el paciente pase de “saber que sufre” a “sentir su sufrimiento” en presencia de un otro real. La presencia física del terapeuta constituye un límite y un sostén decisivos: introduce alteridad, fricción elaborable (enactments) y posibilidad de transformación allí donde el algoritmo ofrece coherencia, disponibilidad y mínima resistencia.

Como ya se ha visto al hablar de la desinhibición online, hay pacientes para quienes la interacción con una IA funciona, de entrada, como un sostén transitorio. Desde la neurobiología, esto puede leerse así: cuando la presencia humana hiperactiva a un sistema nervioso frágil y lo expulsa de su ventana de tolerancia, un intercambio menos cargado de juicio y más regulable puede permitir una primera puesta en palabras de la experiencia (Siegel, 1999; Lucas et al., 2014). No se trata de cura ni de psicoterapia, sino de un uso inicial, de menor exposición relacional, que en determinados casos puede servir como descarga y como apoyo antes de que el sujeto pueda sostener un encuentro terapéutico real (Fitzpatrick et al., 2017).

La falla ética: el aislamiento defensivo

Pretender que la interacción con la máquina puede sustituir al encuentro clínico introduce una falla ética que me importa señalar. El peligro no radica en que el usuario busque un alivio transitorio en la invisibilidad de la pantalla, sino en que el dispositivo inhiba de modo permanente la apertura al otro. Al carecer de la fricción y la vulnerabilidad propias de la encarnadura humana, la IA fomenta un refugio defensivo donde el paciente no es confrontado con la alteridad.

Es en este escenario complaciente donde el sistema tecnológico asiste a las defensas del sujeto e impide ese trabajo clínico que Nemirovsky (2017) denomina “edición”, un proceso que “difiere de la clásica reedición transferencial” y en el que “se posibilita el registro de lo aun no vivenciado” para su posterior integración en el self. Para que eso ocurra, no basta una interlocución eficaz: hace falta, como él mismo plantea, el “encuentro con un objeto que posibilite la puesta en escena de necesidades tempranas insatisfechas”, es decir, la presencia de un clínico capaz de dejarse afectar en el campo relacional y de sostener la destructividad sin retirarse.

Al refugiarse en un algoritmo que siempre obedece, el sujeto se encierra en un bucle narcisista que exacerba la soledad que pretendía remediar. El “otro” algorítmico no constituye una alteridad en sentido clínico pleno; es un interlocutor sin deseos, sin límites y sin esa opacidad propia de todo ser humano. Aquí, la tecnología actúa como una pared de cristal: deja ver una escena de “como sí” de compañía, pero no deja pasar la vida.

Del paciente al usuario o el testimonio huérfano

Pasar del “paciente” al “usuario” es una señal de cambio en la naturaleza del vínculo. “Paciente” nombra a alguien que padece y cuyo padecimiento entra en una relación donde puede ser recibido, pensado y sostenido por otro. “Usuario”, en cambio, remite a una relación funcional con un dispositivo: alguien que consulta, obtiene una respuesta y hace uso de un servicio. Es una diferencia clínica. Allí donde hay usuario, puede haber utilidad; pero donde hay paciente, lo que está en juego es algo más que utilidad.

Esta distinción marca la frontera entre la técnica y la cura. E importa, porque el sufrimiento humano no se reduce a una demanda bien formulada ni a un problema que deba ser procesado con eficacia. En psicoterapia, el dolor que se expresa se dirige a otro, buscando alojamiento, poniendo a prueba la presencia del otro, tanteando si será recibido, banalizado, expulsado o transformado en algo pensable. En ese sentido, padecer no es únicamente tener un problema; es quedar expuesto a la necesidad de que ese dolor encuentre testigo.

Aquí aparece el límite de la inteligencia artificial. La máquina puede atender correctamente una demanda, ordenar el material y devolver una formulación pertinente. Pero atender no es atestiguar. Como ha señalado Orange (1995/2012), la diferencia decisiva no está solo en la eficacia de la respuesta, sino en la responsabilidad ante el sufrimiento del otro. Y esa responsabilidad no es programable, porque exige afectación, finitud, riesgo y cuerpo. La IA puede procesar el dato, pero no puede asumir la carga ética de recibir a alguien que sufre. Tampoco puede ofrecer, en sentido pleno, lo que Benjamin (1988/1996) piensa como reconocimiento mutuo: la experiencia de ser recibido por otro sujeto que también existe frente a mí.

Por eso, cuando el padecimiento se tramita exclusivamente con una IA algo del testimonio queda inevitablemente empobrecido. El sujeto puede sentirse escuchado, incluso aliviado, pero sigue faltando la experiencia de que su dolor haya impactado en otro ser humano. Y esto importa. A menudo, la transformación comienza justamente ahí: cuando alguien descubre que su verdad más difícil encuentra delante una presencia que acusa recibo, que se deja afectar y que permanece.

Llamar “usuario” al sujeto que habla con una máquina es una manera de no confundir planos. La IA puede ofrecer apoyo, pero cuando ocupa el lugar del encuentro, el sufrimiento queda huérfano de un testigo real deviniendo en un “testigo fallido” (Benjamin, citada en Saba, 2026).  En la práctica psicoanalítica relacional, atestiguar al paciente es prestar el clínico su propia vulnerabilidad, asumiendo el riesgo de ser atravesado, conmovido por el dolor del paciente, superando lo que Chana Ullman nombra como “miedo a la metamorfosis” (Ullman, citada en Saba 2026): «el terror compartido del analista y del paciente de que el encuentro genuino con la otredad del otro alterará catastróficamente el propio self». La pantalla puede ofrecernos una experiencia de dolor procesada en forma de datos, pero al no haber un humano que la aloje, la herida permanece en el “vacío empático” (Martella, 2026).

Conclusión

Para responder a la pregunta que atraviesa este trabajo, no basta con mirar lo que la máquina hace bien. La cuestión no es si la inteligencia artificial puede ordenar materiales complejos, ofrecer respuestas útiles o aliviar provisionalmente a quien sufre. Puede hacerlo. La cuestión decisiva es otra: si puede participar de aquellas condiciones relacionales de las que depende una transformación psíquica en sentido estricto. Y ahí aparece su límite.

A lo largo de estas páginas he sostenido que la IA puede colaborar en la organización narrativa de la experiencia, facilitar una primera verbalización del malestar y, en ciertos casos, funcionar como apoyo transitorio cuando la presencia humana resulta todavía excesivamente activadora. Pero esa utilidad no debe confundirse con psicoterapia. Allí donde el trabajo clínico exige alteridad real, afectación mutua, posibilidad de enactment, edición de una experiencia nueva y permanencia del otro frente a la destructividad, la máquina no sustituye al vínculo humano.

El punto decisivo no está en oponer tecnología y humanidad, tampoco en descalificar los usos auxiliares del dispositivo, sino en no perder de vista la diferencia de estructura entre ambos planos. La IA puede acompañar la elaboración del relato; no puede ofrecer la experiencia de un otro que reciba, resista, se deje afectar y permanezca.

Desde esta perspectiva, el riesgo es clínico y ético a la vez: que un recurso útil, e incluso valioso en determinados momentos, termine ocupando el lugar de aquello que no puede reemplazar. Cuando eso ocurre, el sufrimiento puede quedar mejor formulado, más ordenado o más calmado, pero no por ello transformado. Porque la cura no depende solo de lo que se dice, sino del hecho de que ese decir encuentre delante a otro ser humano capaz de sostenerlo.

La psicoterapia sigue jugando su verdad en ese punto. No en la perfección de una respuesta, sino en la consistencia de una presencia. Tampoco en la desaparición del roce propio del encuentro, sino en la posibilidad de que algo del dolor sea vivido de otro modo en relación. Por eso, la inteligencia artificial puede ser recurso, apoyo o ayuda transitoria; pero la experiencia terapéutica, en sentido estricto, sigue dependiendo de algo que ninguna máquina puede ofrecer: un encuentro humano real.

Declaración de uso de IA:

El análisis clínico original, la estructura argumental y las conclusiones de este ensayo son responsabilidad exclusiva de la autora. La inteligencia artificial se utilizó como apoyo en la búsqueda de documentación científica complementaria y en tareas de revisión y edición lingüística del texto, mediante Gemini 1.5 Pro de Google. Las consultas se cerraron el 21de junio de 2026. La autora revisó críticamente, seleccionó y asumió íntegramente la versión final del manuscrito.

 

Referencias Bibliográficas Comentadas

Aron, L. (2014). Una mente y otra: La mutualidad en el psicoanálisis. Madrid: Ágora Relacional. (Original publicado en 1996). Obra que analiza la “mutualidad asimétrica” del encuentro terapéutico, proponiendo que la subjetividad del analista es un motor indispensable de la cura. Vínculo con el escrito: Sustenta la idea de que la sanación requiere un “encuentro de mentes” real; la IA, al carecer de mente y subjetividad, solo puede ofrecer un simulacro de mutualidad que no perturba ni transforma.

Baranger, M. y Baranger, W. (1961). La situación analítica como campo dinámico. Revista Uruguaya de Psicoanálisis, 4(1). Texto seminal que introduce el concepto de “campo intersubjetivo” y la formación del “baluarte” (bastion) como cristalización de la resistencia compartida. Vínculo con el escrito: Permite identificar la interacción con la IA como un baluarte tecnológico donde la resistencia se cronifica bajo la apariencia de un acuerdo intelectual aséptico.

Benjamin, J. (1996). Los lazos del amor: Psicoanálisis, feminismo y el problema de la dominación. Buenos Aires: Paidós. (Original publicado en 1988). Desarrollo exhaustivo de la teoría del reconocimiento mutuo, donde el sujeto requiere de otro sujeto equivalente para validar su existencia. Vínculo con el escrito: Esencial para denunciar la falla ética de la IA: al no ser un sujeto, la máquina no puede otorgar el reconocimiento que el self verdadero necesita para emerger.

Benjamin, J. (2020). Reconocimiento mutuo. La intersubjetividad y el Tercero. Espacio Gradiva. (Trabajo original publicado en 2017) Desarrolla la teoría del reconocimiento mutuo y el concepto de «terceridad» para superar las dinámicas de «complementariedad» rígida (el patrón inmovilizante de «quien hace y quien se deja hacer»). Plantea que la resolución del impasse requiere el encuentro con un otro sujeto capaz de asumir su vulnerabilidad y co-crear un espacio intersubjetivo compartido. Vínculo con el escrito: Permite articular el límite estructural de la Inteligencia Artificial: al ser un ente aséptico y complaciente, atrapa al usuario en una «dosidad» o bucle estéril. Al carecer de una alteridad real que pueda ser afectada o herida, la máquina imposibilita la «terceridad» y el reconocimiento mutuo indispensables para desarticular el falso self y lograr una transformación profunda.

Buber, M. (1990). Yo y Tú. Madrid: Caparrós Editores. (Original publicado en 1923). Tratado filosófico sobre la ontología del diálogo. Distingue la relación funcional Yo-Ello del encuentro trascendente Yo-Tú. Vínculo con el escrito: Fundamenta el ámbito del “entre” como el único lugar donde lo humano se manifiesta; la IA se sitúa permanentemente en el Yo-Ello, tratando el dolor como un dato y no como un llamado.

Coderch, J. (2012). Realidad, interacción y cambio psíquico: la práctica de la psicoterapia relacional II. Madrid: Ágora Relacional. Obra fundamental que redefine el impasse no como una resistencia aislada del paciente, sino como un estancamiento diádico y co-creado en la matriz vincular. Vínculo con el escrito: Sustenta que, al ser el estancamiento un fenómeno intersubjetivo, su resolución exige la fricción emocional de dos subjetividades reales. Esto evidencia el límite estructural de la Inteligencia Artificial: al carecer de subjetividad para integrar una matriz vincular viva, la máquina es incapaz de desarticular el encierro del paciente.

Fitzpatrick, K. K., et al. (2017) Delivering Cognitive Behavior Therapy to Young Adults With Symptoms of Depression and Anxiety Using a Fully Automated Conversational Agent (Woebot): A Randomized Controlled Trial. JMIR Mental Health, 4(2), e19. https://doi.org/10.2196/mental.7785. Este estudio aleatorizado analiza el uso de agentes conversacionales como herramientas de primera línea. Vínculo con el escrito: Aporta evidencia sobre la capacidad de la IA para reducir síntomas iniciales mediante una estructura de baja resistencia, funcionando como un estabilizador que prepara el terreno antes del encuentro clínico formal.

Greenberg, J. y Mitchell, S. (1990). Relaciones de objeto en la teoría psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós. (Original publicado en 1983).  Síntesis crítica que marca el paso del modelo pulsional al relacional, definiendo la mente como una entidad intrínsecamente vinculada. Vínculo con el escrito: Proporciona el marco para entender por qué la mente no puede sanar en aislamiento; la IA intenta tratar una mente “aislada” mediante procesos lógicos, ignorando su matriz relacional.

Hycner, R. (2001). De persona a persona: Hacia una psicoterapia dialógica. Madrid: Los Libros del CTP. (Original publicado en 1991). Integración del pensamiento buberiano en la Gestalt, centrada en la presencia del terapeuta como agente de sanación. Vínculo con el escrito: Respalda la crítica a la futilidad de la interacción técnica; sin una presencia capaz de ser afectada, no existe proceso curativo posible.

Hycner, R. y Jacobs, L. (2005). La relación curativa en terapia Gestalt. Madrid: Los Libros del CTP. (Original publicado en 1995).  Estudio sobre la sintonía afectiva y la frontera de contacto como espacio de co-creación intersubjetiva. Vínculo con el escrito: Refuerza la idea de que el contacto es un fenómeno vivo; la IA solo ofrece una superficie de contacto calculada que impide la emergencia de lo espontáneo.

Lucas, G. M., Gratch, J., King, S., & Morency, L. P. (2014). It’s only a computer: Virtual humans increase willingness to self-disclose. Computers in Human Behavior, 37, 94-100. https://doi.org/10.1016/j.chb.2014.04.043  Investigación que demuestra cómo la ausencia de juicio social en la tecnología facilita la apertura y el reporte de síntomas en pacientes con trauma agudo. Vínculo con el escrito: Valida la idea de la IA como un «recipiente aséptico» que permite al sujeto nombrar su experiencia sin la presión de la evaluación humana.

Martella, A. (2026). Dimensiones trágicas y catastróficas de la experiencia. Las raíces subsimbólicas del odio y el mal. Ponencia presentada en la 22ª Conferencia Anual de la IARPP, Toronto, Canadá. Analiza la naturaleza del trauma profundo, proponiendo que su verdadera esencia no reside únicamente en la intensidad del daño original, sino en el «vacío empático» posterior. El autor sostiene que las experiencias catastróficas ocurren a un nivel subsimbólico (corporal y sensorial) y requieren irremediablemente de «otra mente» humana para adquirir forma y representabilidad. Vínculo con el escrito: Sustenta de forma directa la idea del “vacío empático”. Demuestra que, dado que la IA carece de un cuerpo, de procesamiento subsimbólico y de una mente encarnada, es incapaz de funcionar como el continente necesario para que el dolor ajeno tome forma, dejando el sufrimiento del usuario atrapado en el vacío.

Mitchell, S. A. (1993). Conceptos relacionales en psicoanálisis: Una integración. México: Siglo XXI Editores. (Original publicado en 1988). Obra que redefine la mente como algo “moldeado e incrustado en una matriz de relaciones”, desplazando el foco del individuo al campo interrelacional. Vínculo con el escrito: Valida la tesis de que la curación ocurre en el campo y no en el algoritmo; el cambio psíquico es un suceso vincular, no una deducción de datos.

Nemirovsky, C. (2017). Winnicott y Kohut: La intersubjetividad y los trastornos complejos. Buenos Aires: Ediciones Biebel. Análisis profundo de tres hitos clínicos ante las fallas tempranas del entorno: la génesis del falso self como defensa frente a la amenaza de aniquilación, la diferencia radical entre reeditar el pasado y editar una experiencia emocional inédita, y la necesidad de que el analista se deje capturar en un enactment y logre «sobrevivir a la destrucción». Vínculo con el escrito: Marco teórico para enunciar los límites de la Inteligencia Artificial. La máquina, al ser un entorno indestructible y de acatamiento absoluto, es incapaz de editar una nueva vivencia o de entrar en enactment. Como resultado, asiste digitalmente a la impostura del falso self y mantiene al self verdadero oculto y desvitalizado por falta de un choque vital con un otro real.

Ogden, P., Minton, K., & Pain, C. (2006). Trauma and the body: A sensorimotor approach to psychotherapy. Nueva York: W. W. Norton & Company. Vínculo con el escrito: Desarrolla un enfoque sensoriomotor del trauma y subraya la importancia de la regulación corporal en el proceso terapéutico. Sustenta la tesis de que la relación debe modularse según la capacidad del sistema nervioso del paciente, situando a la tecnología no como cura, sino como un modulador de baja intensidad para quienes no toleran el contacto físico inicial.

Ogden, T. H. (1997). Los sujetos del psicoanálisis. Barcelona: Paidós. (Original publicado en 1994). Introducción del concepto del «Tercero Analítico» como una subjetividad emergente que nace del espacio entre analista y paciente. Vínculo con el escrito: Permite explicar la esterilidad de la IA: al no haber dos sujetos, no puede emerger ese “tercero” vivo donde ocurre la verdadera transformación.

Ogden, T. H. (2014). El tercero analítico: el trabajo con hechos clínicos intersubjetivos. Revista de Psicoanálisis de la Asoc. Psic. de Madrid, (71), 67-96. (Original publicado en 1994). Explora cómo el interjuego de subjetividades crea un «tercero analítico» mediante el reverie (ensoñaciones) y las ficciones somáticas del analista. Vínculo con el escrito: Al exponer en su redacción sus pensamientos banales y sensaciones corporales, demuestra que el «entre» terapéutico requiere un cuerpo y una permeabilidad humana compartida; esto explica la esterilidad de la IA, la cual carece de la vulnerabilidad encarnada necesaria para alojar la angustia del paciente.

Ogden, T. H. (2021). Cómo hablo con mis pacientes. Revista Psicoanálisis, (26), 96-108. (Original publicado en 2018). Propone priorizar la descripción de la experiencia sobre la explicación causal, valorando la espontaneidad y los malentendidos para dar espacio al crecimiento del paciente. Vínculo con el escrito: El autor usa un estilo narrativo que confiesa sus propios fracasos e inseguridades para probar que la sanación surge de renunciar a la certeza; permite contrastar esto con la IA, cuya naturaleza de «saber absoluto» y lógica secuencial anularía la opacidad y el misterio necesarios para que el paciente se invente a sí mismo.

Orange, D. M. (2012). El entendimiento emocional: La práctica de la hermenéutica clínica. Madrid: Cepa. (Original publicado en 1995). Propuesta de una ética radical basada en la responsabilidad por el otro sufriente y la vulnerabilidad compartida. Vínculo con el escrito: Sitúa la diferencia entre “atender un servicio” y “atestiguar un dolor”; la IA procesa el dato, pero el clínico humano atestigua la existencia.

Puget, J. (1995). Vínculo-relación objetal en su significado instrumental y epistemológico. Psicoanálisis APdeBA, 18(2), 415-427. Distingue la relación intrapsíquica del «vínculo» intersubjetivo, postulando que la alteridad del otro real es necesaria, pero «difícilmente tolerable». Vínculo con el escrito: Fundamenta por qué el paciente no hace una simple renuncia narcisista, sino que usa la IA como refugio frente a la imprevisibilidad humana.

Puget, J. (2002). Piera Aulagnier: lo social, 27 años después. Psicoanálisis APdeBA, 24(3), 473-489. Explica cómo el encuentro con el otro genera una «imposición de presencia» que provoca un inevitable «descoloque» de las certezas instituidas del yo. Vínculo con el escrito: Apoya el argumento de que la IA, al ser predecible, le evita al paciente este descoloque vital, clausurando así la transformación profunda.

Saba, M. (2026). Relational Ethics in Times of Fracture: A Dialogue between Contemporary Psychoanalysis and Andean Cosmovision. Ponencia presentada en la 22ª Conferencia Anual de la IARPP, Toronto, Canadá. Sobre la ética relacional en tiempos de trauma colectivo e individual. Articula los conceptos de “testigo fallido” (J. Benjamin) y el “miedo a la metamorfosis” (C. Ullman) para explicar que el verdadero testimonio clínico exige la valentía de arriesgar el “quienes somos” frente al dolor del otro. Si el clínico se protege disociándose, destruye el espacio intersubjetivo y se convierte en un testigo fallido. Vínculo con el escrito: Aporta el anclaje teórico para definir a la IA como un «testigo fallido» por naturaleza. La máquina, al no poseer vulnerabilidad, mortalidad ni una identidad psíquica que pueda ser «alterada catastróficamente» por el encuentro con el otro, no asume ningún riesgo ético. Sin ese riesgo y vulnerabilidad compartida, es imposible instituir el Tercero Moral que el paciente necesita para sanar.

Siegel, D. J. (1999). The Developing Mind: How Relationships and the Brain Interact to Shape Who We Are. Nueva York: Guilford Press.  Obra donde se define la «Ventana de Tolerancia», concepto neurobiológico. Vínculo con el escrito: clave para entender por qué la IA, al ser un estímulo menos intenso que la presencia humana, sirve como regulador para pacientes desbordados, evitando la hiperactivación o la disociación durante la fase de estabilización.

Stolorow, R. y Atwood, G. (1994). Contextos del ser: Los fundamentos intersubjetivos de la vida psíquica. Barcelona: Paidós. (Original publicado en 1992). Texto pionero sobre los sistemas intersubjetivos que deconstruye el mito de la mente aislada y sitúa el afecto en el centro del campo. Vínculo con el escrito: Fundamenta la idea de que la cura necesita un campo de afectos compartidos; la IA, al no poseer vida afectiva propia, no puede integrarse en ese campo y queda limitada al procesamiento de información.

Suler, J. (2004). The online disinhibition effect. CyberPsychology & Behavior, 7(3). Identificación de los seis factores (anonimato, invisibilidad, etc.) que alteran el comportamiento y la apertura en entornos digitales. Vínculo con el escrito: Explica la ilusión de intimidad con la IA: el usuario se abre no porque haya un otro presente, sino porque las barreras defensivas se relajan ante la invisibilidad del código.

Vaswani, A. et al. (2017). Attention is all you need. NIPS. Artículo técnico fundacional sobre el mecanismo de autoatención en modelos de lenguaje de gran escala (LLM). Vínculo con el escrito: Desmitifica la «mente» de la IA, demostrando que su escucha es en realidad un proceso matemático de correlación estadística, carente de resonancia humana.

Weizenbaum, J. (1966). ELIZA—a computer program for the study of natural language communication. Communications of the ACM, 9(1).  Primer estudio sobre la tendencia humana a proyectar comprensión y sentimientos en las máquinas (Efecto ELIZA). Vínculo con el escrito: Advierte sobre la vigencia del simulacro: el usuario prefiere creer que es comprendido por el algoritmo antes que enfrentarse a la soledad de la máquina.

Yontef, G. (1995). Proceso y diálogo en psicoterapia gestáltica. Santiago de Chile: Cuatro Vientos. (Original publicado en 1993). Sistematización de la Gestalt dialógica basada en la fenomenología y la confirmación mutua en el contacto. Vínculo con el escrito: Resalta que la conciencia surge en el contacto real; la IA, al no ofrecer frontera de contacto subjetiva, impide el crecimiento de la conciencia del paciente.


Cómo citar este artículo: Veilati, S. (2026). Psicoterapia e IA: Entre el algoritmo y el encuentro. https://susanaveilati.com/psicoterapia-e-ia-entre-el-algoritmo-y-el-encuentro